La música en la liturgia

Pablo Sebastián Muñoz

III Etapa Discipular

La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable, que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la Liturgia solemne.

En efecto, el canto sagrado ha sido ensalzado tanto por la Sagrada Escritura, como por los Santos Padres, los Romanos Pontífices, los cuales, en los últimos tiempos, empezando por San Pío X, han expuesto con mayor precisión la función ministerial de la música sacra en el servicio divino.

La música sacra, por consiguiente, será tanto más santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con mayor delicadeza la oración o fomentando la unanimidad, ya sea enriqueciendo la mayor solemnidad los ritos sagrados[1].

Esta expresión artística permite vivir y hacer la celebración mucho más noble y solemne, permite que los fieles tengan una participación más amena y activa en la celebración de la eucaristía y en la celebración de los sacramentos. Resaltando la importancia que tiene la música Sacra, desde el canto gregoriano y el canto polifónico, como propios de la liturgia de la Iglesia.

Por otro lado, encontramos la tradición musical propia de cada región, la cual refleja una expresión de religiosidad popular, que sigue el misterio salvífico de Dios y que al pasar del tiempo comienzan hacer parte de la tradición musical de dicha Iglesia particular, que ayuda a la evangelización y a la contemplación de la liturgia como centro de la vivencia del creyente. La música, y más concretamente la música Sacra debe ser parte de la vida del cristiano, este debe valorarla, y cuidarla. El mismo creyente tanto fieles como consagrados, tienen la tarea de difundir y enseñar el valor que tiene la música en la Iglesia específicamente en la liturgia.

La música actualmente en la Iglesia tiene como objetivo ayudar a que los fieles tengan una participación más activa, pero más que eso, la música debe ser el apoyo a que miles de persona se acerque a Dios, aprendiendo y contemplando en ella una experiencia, un ejercicio de piedad que une y que permite llegar al corazón de los fieles.

 

[1] Concilio Vaticano II, “Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia”, No 112.

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