Hacia un Seminario en Comunión

 “La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos” (Hch 4, 32)

 

Apreciados hermanos, tal vez sea poco usual que se publiquen artículos de ésta índole, sin embargo, considero de vital importancia abordar un elemento crucial nuestro itinerario formativo, que atañe no sólo a nuestro modo de vida, sino a aquellos que siguen las enseñanzas del Señor: Cristo quiso vivir en una comunidad de hermanos, en donde, juntos construyeran el Reino de Dios. Por consiguiente, nosotros también estamos llamados a tener esa misma actitud.

 

Bajo esa perspectiva, debemos ser conscientes que, por el bautismo, somos la viva imagen de Dios y, pese a todo pesimismo estéril sobre la formación sacerdotal, somos la esperanza y la luz para el pueblo cristiano que espera santos pastores; de algo debemos estar seguros: la comunidad de creyentes sigue confiando en aquellos que aspiran al sacerdocio ministerial.

 

Por eso, debemos procurar que nuestra vida esté ligada del todo a Cristo para que nuestro testimonio sea fructífero. Creo, que una base fundamental del anuncio del Evangelio, es el testimonio de vida cristiana. Sí, hermanos, con nuestro ejemplo evangelizamos más que con las palabras.

 

En ese sentido, si nuestro deseo es formarnos al estilo de Cristo, Buen Pastor, debemos procurar que la solidez de la comunión fraternal en el Seminario, sea verdadera y apasionante, más aún, en estas circunstancias históricas que nos ha correspondido afrontar, pues nuestra vocación corresponde a la gracia de Dios que hemos recibido ya desde el bautismo.

 

Por otra parte, considero que es una falacia afirmar la imposibilidad de construir comunión entre nosotros porque nuestra formación se construye en aras a un futuro ministerio secular, esa concepción deslegitima el carácter esencial del sacramento del Orden, ya que por él hemos de ser insertados a la comunidad de fieles a la que Cristo ha participado su sacerdocio único y real.

 

 A modo de conclusión, lo que he dicho hasta ahora resulta infructífero si no se aplica en la vida práctica, con nuestros hermanos. Pues es con una llamada, con una obra de caridad, pero sobre todo con la cercanía en la oración, como se demuestra este aspecto esencial en nuestro camino de discernimiento vocacional.

Juan David Huertas

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