No se siente amor sin probar sus lágrimas

Edwin Gerardo Flórez C 

Propedéutico

     Durante mucho tiempo pensé que la vida simplemente era el resultado de hechos aleatorios que de alguna u otra manera influyeron en la creación de la sociedad como la conocemos hoy en día. Sin embargo, a medida que fui creciendo experimente cambios en mis pensamientos, sentimientos y emociones, estas alteraciones me formaron en un entorno muy cercano a la realidad de un mundo sufriente, un mundo que busca llenar aquel vacío que el hombre tiene por naturaleza, un mundo lleno de ruidos donde es imposible escuchar la voz de Dios, un mundo donde recibí tantas invitaciones para hacer el mal que no quería hacer, ese fue el mundo que me acogió en sus brazos durante ciertos años de mi vida, no puedo desacreditar el trabajo que realizaron mis padres en mi proceso de formación, sin embargo, recrimino bastante la metodología que utilizaron, entendí que el amor y el compartir no se compran con algunos objetos materiales, o que la lealtad no se debe negociar,  de igual manera supe que la fidelidad es un compromiso que uno debe cumplir cueste lo que cueste, un pasado oscuro del que poco me gusta hablar, heridas ocasionadas a partir de mentiras y traiciones, decisiones tomadas bajo circunstancias no deseadas, un pasado sin retorno alguno,  sin duda un pasado que llenó mi juventud de una gran tristeza.

     Años después me encontraba en una habitación discerniendo sobre la entrada al Semanario Mayor de la Inmaculada Concepción, desde el momento que decidí seguir al señor mi vida cambio por completo, entendí el profundo significado del sufrimiento en mi pasado, no era una cuestión de masoquismo sino de preparación, supe cuáles eran los planes que Dios tenía para mí, necesitaba responder con un sí profundo al señor para que él pudiera transformar y moldear mi existencia. No puedo negar que durante los primeros meses del año mi corazón desbordaba de alegría y satisfacción, era como si todas las piezas del rompecabezas se acomodaran de tal manera que mostraran una figura de realización, conocí nuevas personas, mi estilo de vida cambio, mi forma de ver el mundo dio un giro de ciento ochenta grados, mis estudios eran cada vez más profundos e indispensables, etc. Admito desde lo más hondo de mi corazón que me acomode en una zona de confort donde solo buscaba el bienestar óptimo para vivir de la mejor manera. De repente llegó un día muy inesperado, un suceso nunca antes visto, novedoso y totalmente desconocido para mí, una puerta de retorno hacia el camino del sacrificio y la ascesis. De un momento a otro sentí que mi pequeño castillo de arena estaba siendo derrumbando por los grandes monstros del miedo y la tristeza, cuando supe que la situación en unos días se agravaría y que lo mejor era regresar a casa sentí como mi alma se turbo y tambaleo, no había otra opción, la decisión estaba tomada.

     El choque que tuve al regresar a casa fue muy grande, sentí un gran peso en mi corazón que no me dejaba manifestar todo lo que debía transmitir a mis seres queridos, sentí como la gran tristeza que me había azotado en el pasado otra vez estaba de vuelta, pero con una diferencia, ya no era solo mi tormento, sino era el de siete millones de personas a lo largo de todo el globo, pase noches enteras viendo programas de televisión, leyendo revistas y periódicos, revisando las redes sociales en busca de una respuesta inmediata acerca de todo lo que estaba pasando, no podía creer que un enemigo invisible estuviera causando tanto mal a nivel personal e interpersonal. En un principio pensé que era un estado de angustia efímero, pero con el pasar de los días supe que solo se trataba de una falsa esperanza de poder recuperar lo pequeño que había adquirido en los meses de estadía en el seminario. Ver demasiado pánico entre las entidades públicas hizo que adquiriera cierto fastidio ante la situación del coronavirus, ya no buscaba llenar mi ser de comodidades sino más bien quise desentenderme de todo aquello que viniera de afuera. Durante los primeros meses de aislamiento solo albergué en mi corazón sentimientos de tristeza y frustración, realmente me sentía ignorante ante todo lo que acontecía en el mundo entero, supe que no podía hacer nada para cambiarlo, también supe que no tenía la cura para darle pronta solución a la situación. De una manera muy inesperada sentí regresar esos terribles recuerdos del pasado, fue un cambio radical y muy brusco en mi forma de ver el mundo, sentí como si alguien hubiera arrancado una semilla que todavía no había germinado, ciertamente no estaba preparado para vivir una situación de tal magnitud.

     Soy testigo fiel de la presencia de Dios en mi vida, me gustaría citar unas palabras muy sabias de las sagradas escrituras: Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio. Rom. 8, 28. Cuando leí este versículo dure horas y horas meditándolo, me emocionó encontrar tanta sabiduría en tas pocas palabras, podría decir que esta lectura fue el pequeño rayo de luz que me permitió salir de las tinieblas en que me encontraba, siendo esta la misma ignorancia y poca capacidad de entrega total a Dios ¿Cómo pude dudar de él? Poco a poco establecí un plano de la situación totalmente diferente, puedo decir con certeza que el espíritu de Dios actúa en el ser siempre y cuando este lo deje hacer su obra, cuando yo dejé entrar al Paráclito consolador pude experimentar un nuevo pentecostés en mi vida, ya no me levantaba con la oscuridad puesta en mis ojos, sino que poco a poco vi la luz de esperanza que había perdido a causa de la pandemia, uno de los factores primordiales durante el confinamiento fue la presencia de mi padre y mi hermano, un signo de amor supremamente sensible ante la indiferencia y el dolor, ellos son mi motor, gracias a ellos pude evitar caminos por los cuales me hubiera perdido por completo, ese reencuentro fue muy especial, aproximadamente tres años tuvieron que pasar para que yo volviera a estar con mi padre, no había podido compartir con él durante los años de secundaria, todo esto a causa de la separación de mis padres y el trabajo que él ejercía en otra ciudad, nunca espere que Dios me diera la oportunidad de acercar a esa persona que tanto admiro en el mundo. Realmente pensé que no podía compartir más con él, pues la entrada al seminario exige una renuncia total al mundo y si se daba la oportunidad serían unos pocos días al año. Dios saca de todo mal un bien profundo, el bien que saco de mi experiencia personal fue unificar mi familia, llevar a cabo todos esos momentos que había anhelado durante años. El compartir me fortaleció y me lleno de ilusiones por completo, lo cotidiano y lo simple se convirtieron en recuerdos que hoy día los conservo como tesoros invaluables dentro de mi corazón.

     Esta experiencia me hizo reflexionar sobre el viejo Adán y el nuevo Adán representado en la persona de Cristo. Fue necesario que el pecado entrara al mundo para que Jesús viniera y se entregara por nosotros, de la misma manera era preciso esperar que a partir de esta situación se incorporaran en la familia aquellos lazos que habían desaparecido por completo, todo esto a causa de las comunicaciones mal utilizadas, con algunos otros factores importantes como el consumismo y hedonismo. Es una paradoja pensar que la salida del seminario se convirtió en una verdadera pesadilla, pero al mismo tiempo eran esas raíces faltantes de la semilla que estaba a punto de germinar, esta experiencia me lleno de valor para aceptar una realidad que, si se puede cambiar, una realidad que está llena de esperanza y de ilusiones. Quisiera dejar un mensaje de paz y tranquilidad a todas aquellas personas que se encuentran en ese túnel oscuro, recuerden es necesario pasar por allí para ver la luz al final, no se dejen llevar por los sentimientos de miedo y fracaso, estos son fantasmas que atormentan día y noche. Dios está con nosotros y lo estará hasta el fin de los tiempos, pidan y se les dará, llamen y se les atenderá, busquen y encontraran, él está ahí, en el lugar más recóndito de nuestro ser, esperando ser invitado al banquete de la comunión preparado por su sangre preciosa desbordando todos los límites del amor humano, llenos de misericordia debemos esperar y confiar, que este compartir sea una experiencia única de la vivencia de Cristo en nuestros corazones, recordando siempre que no se siente amor sin probar sus lágrimas, ni se recogen rosas sin sentir sus espinas.

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