Dimensión Humano-comunitaria

La Iglesia cada vez más es consciente, de que el ser humano se va construyendo poco a poco. Y ese construirse en la vida práctica, significa que cada día vamos ganando en humanidad y en semejanza en la persona de Cristo, el hombre perfecto.

San Pablo entendió lo anterior, al invitar continuamente a sus comunidades a “alcanzar la estatura de Cristo, la madurez de Cristo” (Efesios, 4,13), y en otro pasaje se visualiza esto con claridad al afirmar lo siguiente:

Tengan entre ustedes los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo. (Filipenses 2, 5-7).

El Papa Francisco, en su primera encíclica “Lumen Fidei” del año 2013, enseñó que la luz de la fe, no se adquiere por conocimiento mental o por tener grandes intenciones del ideal cristiano, sino por “Testimonio”, ya que “la fe se transmite, por así decirlo, por contacto, de persona a persona, como una llama enciende otra llama. Los cristianos, en su pobreza, plantan una semilla tan fecunda, que se convierte en un gran árbol que es capaz de llenar el mundo de frutos (37).

En el seminario referirnos a la formación humano-comunitaria, supone reconocer que en las distintas etapas de la formación: propedéutica, discipular, configurativa y de síntesis, el vocacionado está llamado a dar razón de la vida de Cristo en él y cómo está vida impregna sus relaciones humanas, sus hábitos de cuidado (personal y comunitario), su capacidad de autonomía y responsabilidad.

Lo anterior requiere la comprensión, que el fundamento del desarrollo humano y comunitario exige el querer crecer en Cristo. Cristo es nuestra piedra angular, y este trabajo, exigencia del ser llamados, se concreta en cada una de las etapas, en objetivos, claros, realistas y evaluables.

Pero esto requiere un trabajo previo de formación humano-comunitaria desde la parroquia, la familia, las instituciones educativas, las pastorales: infantil, juvenil familiar. Formación que exige el testimonio de cómo viven los cristianos, cómo se aman, cuál es su trato, cuál es nuestro sentido de vida, para que los jóvenes descubran por sí mismos, las “exigencias”, de una persona que se hace llamar cristiano y que dice, en este caso, tener vocación sacerdotal.

La conversión pastoral anterior, es lo único que se puede denominar “trabajo vocacional previo al seminario”. De tal manera, que los semilleros vocacionales están llamados a formar en la fe, vida espiritual, sacramentos, motivación, autoestima, discernimiento, proyecto de vida, la conciencia de intereses, aptitudes y potencialidades, y esta formación inicial abre a otras como la oración personal y comunitaria, el discernimiento y la acción de gracias de la llamada de Dios a conocerle, seguirle y amarle en la vocación sacerdotal.

Solo podremos tener verdaderas comunidades cristianas, si en nosotros resplandece la humanidad y la comunidad que quiso Jesús, Cristo. Solo se podrá formar sacerdotes, según el corazón de Cristo, si somos otros Cristos en la tierra.

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