Las máscaras de la esperanza cristiana 

P. Gerardo Martínez Salamanca.

En momentos como los que estamos viviendo, que exigen de nosotros mantenernos en la esperanza cristiana, es provechoso, preguntarnos por las máscaras de la esperanza, es decir, aquellas actitudes o pensamientos que desvirtúan lo fundamental de esta virtud teologal, tan necesaria en el camino de la santidad y del seguimiento a Jesucristo.

El primer rostro tiene que ver con la no esperanza. Su devaluación se encuentra en el olvido de la dimensión del hombre como un ser esperanzado, creador de mundos posibles. El hombre traiciona ese ser esperanzador al concebir y decidir la existencia de un mundo sin Dios y de un hombre sin prójimo, siendo ésta la raíz profunda de la soledad moderna y su posterior estado desesperanzador, cuyo máximo exponente es Nietzsche. De este mundo sin Dios y de este mundo sin prójimo se deduce una realidad sin origen (verdad) y una historia sin destino (esperanza).

Esta no contemplación de la esperanza en el mundo y su ausencia se relaciona con la crisis de lo humano, en el sentido de que para dar el paso a la esperanza cristiana se necesita el componente antropológico básico de una esperanza inscrita en el ser del hombre que se comprende como un ser utópico, de proyectos a realizar, de pequeñas esperanzas a concretar, de las ansias de felicidad que hay en el corazón humano.

Otro rostro equivocado de la esperanza tiene que ver con concebirla presente en el mundo, pero en términos únicamente históricos, equiparándola más o menos a un optimismo basado en el presente, pero ajeno a la esperanza en el futuro. Es la paradoja de un optimismo pesimista fundado en el pensamiento de Leibniz, que afirma que este mundo es el mejor de los posibles, por eso hay que gozarlo en el momento presente, pero a la vez, el futuro es incierto, porque este mundo tal como está no es posible mejorarlo.

           

La entraña de la esperanza es ajena a las dos concepciones anteriores, pero aún la esperanza cristiana corre el riesgo también de desvirtuarse mediante dos posturas presentes en la historia. La primera hace referencia a entender la esperanza en sentido exclusivamente sobrenatural bajo el lema de “Dios lo arreglará todo” escondiéndose en un pasivismo ante la realidad y una resignación que está lejos de ser cristiana. “No es infrecuente esta forma de catastrofismo derrotista sobre la situación de este mundo, combinada con una forma de fideísmo irresponsable en un Dios mágico que ha de intervenir sobrenaturalmente para arreglarlo todo”.

 

Si la anterior postura desvirtúa la esperanza por exceso de confianza en Dios sin participación humana, la siguiente postura peca por defecto porque centra la esperanza en los proyectos humanos; de tal manera que, si fracasan éstos, fracasa también la esperanza, convirtiéndose en soporte ideológico de cualquier proyecto reformador o revolucionario. El lema es “el hombre lo arreglará todo porque cuenta con la ayuda de Dios”. Se identifican proyectos humanos con proyectos divinos. “Esta clase de voluntarismo teñido de mesiánico puede ser peligroso. No hay nada más temible que un hombre o un grupo de hombres, que se sienten instrumentos de la justicia divina […] corrompiendo la imagen del Dios de la misericordia”.

Entonces, ¿qué es lo propio de la esperanza cristiana? Diría que lo propio de ella surge cuando hemos vencido las sombras anteriores y eso será motivo de explicación en los próximos artículos.

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